Iron & Wine @ Niceto Club 5/9/2015

Puede que ésta sea la crítica más subjetiva que vaya a escribir en mi vida. Pienso exponerme y plasmar cada sensación para sumergirlos en esta experiencia tan sentimental, el Folk tiene este efecto en mí, sepan disculpar.

Mi día comenzó con un viejo amor escarbándome el corazón para hacerme recordar lo hermoso que es estar enamorado, y así fue mi previa, sensible y reflexivo viendo bandas en una plaza del barrio porteño de Palermo, con un sol que acompañaba a este festival de Country Folk.

Cansado de tanto pasto, el camino a Niceto se hizo placentero, lleno de dudas y expectativas. Por fin iba a ver a, como músico, una de mis influencias más importantes. Una vez adentro del recinto, empecé a escuchar el efecto de las cervezas que me había tomado, que me afirmaban que la mejor idea sería empujar a todos y ver el show de la manera que se merecía, bien adelante. Pude acomodarme en un lugar privilegiado unos cuantos empujones e insultos después. Se veía por debajo del telón las linternas que apuntaban al piso mostrando el pie de micrófono de Sam.

Con poca luz apareció un hombre barbudo, que se colgó la guitarra, saludó y arrancó tocando una canción a pedido del público, un hábito que mantuvo durante toda su estadía. La emoción brotaba por todos los poros y el silencio de la gente ayudó a interpretar cada sonido, cada error, cada gesto y cada agradecimiento por parte del autor. Las canciones se reclamaban a gritos y Sam simplemente cantaba y cantaba, interactuaba con sus seguidores al punto de que ellos le recordaban las letras de aquellos temas que él no cantaba hace mucho. El repertorio repasó gran parte de su discografía, incluyendo una canción nueva, pero lo que nos hizo llorar a más de uno (o por lo menos espero no haber sido el único) fueron los de su disco Our Endless Numbered Days (2004).

Su presentación terminó con un solo bis que no fue de mi agrado, estoy hablando de la canción que él compuso para la película Twilight. Una versión prácticamente a capela, coreada por el público femenino que por suerte no desafinó como suele pasar.

Para fortuna de muchos, él vino solo, y el show contó con dos guitarras Taylor y su voz. Soñaba con un show así, sin banda, sin efectos, con una sola melodía y la magia de la simpleza que el género provee. Así fue mi experiencia, con lágrimas, abrazos, besos indebidos que parecieron de película, un baile lento entre medio de toda la gente y un gran y largo aplauso que demostró mi inmensa gratitud.

Iron & Wine nos confirmó por qué es el padre del Folk moderno en menos de dos horas.

Fotografía aportada por Matías Casal

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